jueves, 5 de marzo de 2009

poesia antropológica

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APUNTES DE POESÍA ANTROPOLÓGICA

deja que los niños desentierren huesos debajo de la plaza
Jerome Rothenberg

Poesía/s
Existen muchas maneras de clasificar la poesía. La más común, con la que parecen estar de acuerdo todos los poetas, es la que divide el género en dos tipos: la buena y la mala; lo que a veces se traduce, lisa y llanamente, en poesía y no poesía.
Hay un acuerdo tácito que permite aplicar este cuadro clasificatorio; sin embargo es imposible definirlo, porque el criterio varía de generación en generación, de tribu en tribu y, por qué no, de poeta en poeta. Alguna vez, Gustavo Adolfo Bécquer fue considerado uno de los máximos referentes de la poesía en lengua castellana. Y si hoy a alguien se le ocurriera repetir su fórmula escrituraria rápidamente sería considerado cursi, y por lo tanto incluido en el grupo de los malos/ no poetas. Por demasiado vaga y general esta división no sirve: sólo es útil en el momento de la escritura, porque todo poeta que posea un mínimo de pudor, adosado a una verdadera preocupación por su oficio, intentará (lo logre o no) pertenecer al primer grupo, pertenencia que será dictada, en el mejor de los casos, por las coordenadas de su tiempo.
Si pensamos en otros adjetivos que decoren a la poesía aparece una lista en la que figuran palabras como “social”, metafísica”, “religiosa”, “surrealista”, “realista”, “chambona”, “posmoderna”, “romántica”, “amorosa”, “vanguardista”, y la lista podría llevarse al infinito. El mérito de esta grilla es la posibilidad de marcar lo específico en cada caso, lo que constituyen las líneas generales de cada escuela, tendencia o movimiento, independientemente de que se trate de buena o mala poesía (y aquí Bécquer puede salvarse si se lo piensa como un exponente del romanticismo español).

Antropología poética
Una opción posible, en este sentido, es la poesía antropológica o antropología poética. El invento es reciente. Un poeta se vale de la antropología para crear literatura. O un antropólogo se vale de la poesía para hacer una descripción etnográfica. El antropólogo y poeta chileno Juan Carlos Olivares sería el inventor del concepto y de la ejemplificación, conceptualización que podría fecharse en 1995, momento de la publicación de su libro El umbral roto. Escritos en antropología poética. En Argentina la existencia de la corriente no llegó a instalarse ni siquiera como rumor, aunque algunos poetas ponían en práctica la perspectiva sin saber que la etiqueta ya había sido inventada.


Nadie enduela su voz como plegaria
Nadie enduela su voz como plegaria se me ocurrió en 1997. Por supuesto que desconocía el texto de Olivares, texto que, hasta donde yo sé, nunca se ha publicado en la Argentina. Mi disparador fue una merienda en casa de la antropóloga norteamericana Anne Chapman, estudiosa de la cultura selk´nam (que también se dice “ona”, aunque esa es una palabra inventada por los yámanas para llamar a los selk´nam, que eran sus vecinos), mujer encantadora que había sido capaz de grabar, en 1966, los cantos de Lola Kiepja, la última chamán selk´nam que conservaba en su memoria las voces de ese pueblo aniquilado.
La indignación y el asombro fueron los motivos: de repente, Chapman me mostró el terrible final de personas que habían vivido en lo que para mí, hombre del Norte, era la parte más exótica de mi propio país, la isla de Tierra del Fuego.
Recuerdo que, desconociendo los aportes de Olivares y el incipiente Sur de Diana Bellessi (poemario que se publicó en 1998), mi primera preocupación fue cómo hacer poesía con un material que se prestaba más para un ensayo científico, un tratado antropológico sobre los rituales selk´nam, o una crónica histórica sobre uno de los tantos genocidios ocurridos en la Argentina.
El prejuicio de que el discurso poético debe sostenerse por sí mismo, sin referencias externas, no dejó de operar en mi cabeza. Pero la ingenuidad del momento, unida a la sensación de estar conquistando un territorio nuevo, territorio donde la poesía se atrevía a contaminarse sin perder su especificidad, logró seducirme.
Días después de la merienda con Chapman comenzaron los poemas, aunque en ese momento no fueron más de cuatro. Libros antropológicos y documentales comenzaron, entonces, a alentar un deseo que quería traducirse en poesía.
Pero no alcanzaba. A diferencia de un tipo de discurso especulativo, donde la imaginación sustituye la realidad y el conocimiento directo de esa realidad, respetar una cosmovisión que me era ajena me imponía la experiencia del paisaje La idea de un viaje a Tierra del Fuego, que me permitiera transformar la información en emoción comenzó a tomar forma.
El viaje llegó por una beca que me concedió la Secretaría de Cultura de mi país. Para obtenerla no hablé de Olivares. Seguía desconociéndolo. Sí mencioné a T. S. Eliot y su Tierra Baldía: La rama dorada de Frazer, obra cumbre de la antropología del siglo XIX, había sido el alimento de su poemario.

El viaje
Así llegué a Tierra del Fuego: la tarea no fue simple. Había que recorrer, que quedarse, que transitar para aprehender lo que los libros no daban. Recorrer Río Grande y sus alrededores, llegar a la misión salesiana de La Candelaria. Entrevistar a los sobrevivientes.
Esto último fue lo más difícil: el vacío y la desolación eran totales. O casi: estaba Enriqueta Gastelumendi, la “india” Varela, como la llamaban, una mujer mestiza, de madre ona y padre vasco, que en su juventud había sido conocida por sus esculturas en madera, especialmente guanacos. La entrevista fue en Ushuaia, en su casa, frente a un gran ventanal que daba a la calle, una especie de vidriera por la que alguna vez fue posible ver a la artista trabajando. En nuestro encuentro ya no quedaban atisbos del taller. Sólo unos sillones cómodos que ambientaron la charla, charla truncada por la desmemoria de una anciana que repetía la frase “esto es lindo”. Una conversación del silencio.
Pero el viaje fue imprescindible para el libro. Sin conocer la geografía fueguina los poemas habrían caído en un incorregible pastiche posmoderno, con descripciones alejadas del respeto merecido por la cultura ona.

De la etnopoesía a la poesía indiciaria
En diciembre de 2004 el poeta norteamericano Jerome Rothenberg pasó por Buenos Aires leyendo sus textos, algunos entonados al modo de los cantos del pueblo navajo. Rothenberg definió ese ejercicio (lo que él llama “etnopoesía”) como “un intento por explorar las posibilidades de la poesía, no en nuestros propios experimentos, sino en los que existen en otros lugares y culturas. Particularmente hemos observado culturas que están en peligro de extinción; muchas lenguas están en ese riesgo, e incluso muchos tipos de poesía”.
A mí me tocó explorar una cultura silenciada. Por eso mi libro adquirió un tono de elegía. Una poesía armada sobre indicios que intentaba recuperar, a través de las huellas, los pasos de un pueblo ausente. En un país de genocidios cíclicos no era posible de otro modo.

La poesía y sus recetas
No existen recetas para escribir poesía antropológica, como no existen recetas para escribir un poema de amor que también, por qué no, podría ser un poema antropológico: el poeta es, la mayor parte del tiempo, una otredad que camina. Pero si se trata de opinar, sospecho que es en la mixtura entre el respeto por la diversidad humana y la emotividad donde la poesía alcanza su blanco más certero.
Eso tenían, por ejemplo, los poemas de Manuel J. Castilla, cuando hablaba de Santa Leoncia de Farfán, o de Eulogia Tapia, o del chileno Maturana, o del panadero Riera, o de Juan del aserradero, inmejorables ejemplos de lo que para mí son formas de poesía antropológica. Formas que además constituyen, a mi entender, excelentes poemas.
Pero, como dije al comienzo de este artículo, los criterios sobre lo que es “bueno” o “malo” nunca se fijan de una vez para siempre, y el tiempo vertiginoso que vivimos hace que las mutaciones se aceleren. Hacer poesía hoy, sea del tipo que sea, es, finalmente, una forma de ejercitar la esperanza.



Links referidos a la antropología poética de Chile

http://rehue.csociales.uchile.cl/antropologia/congreso/s0310.html

http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0071-17132003003800001&script=sci_arttext&tlng=es

Sobre Diana Bellessi y Sur:

http://www.gabrieladecicco.com.ar/ensayos-articulos/bellessi_sur.html

CJA

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Ideas y pensamientos

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  • ah la petulancia de Nietzsche, abusando de su enfermedad para ser inmune
  • AH. LA PETULANCIA DE SOCRATES CUANDO DIJO "SOLO SE QUE NO SE NADA".:LO CORRECTO ES EL ENUNCIADO "EL QUE NO SABE NO LO SABE". SOCRATES ANTICIPÓ A DESCARTES COMETIENDO EL MISMO ERROR, LA MISMA MODESTIA INTELECTUAL, QUE LUEGO DIJO "NO DUDO QUE DUDO". PUEDO DECIR "SOLO DIGO QUE NO HABLO". POR ESO ESTAS JUGADAS DEL LENGUAJE SON MUY LEJANAS Y CONFUNDEN. SOCRATES SABIA Y NO ERA UN SABIO. NO SE PUEDE ESTAR TAN SEGURO DE QUE NO SE SABE, DE QUE SE DUDA, DE QUE SE EMPLEA EL LENGUAJE.
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