martes, 17 de enero de 2012

borges y la liminaridad

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BORGES EN EL EXTREMO : EL MULTICULTURALISMO ESTÉTICO COMO ESTRATEGIA LIMINAR



Una estética de Jorge Luis Borges es propuesta específicamente por el mismo autor en el prólogo de Elogio de la Sombra. Allí acerca la estilística a la poética, estando lejos de una filosofía del arte o de la literatura. Su multiculturalismo literario, no obstante,  permite sintetizar en cuentos y poesías diferentes esquemas estéticos.
Borges reconoce la recepción literaria de autores como Poe, Stevenson, Dante, Virgilio, Cervantes o de obras como La Cábala, La Divina Comedia, las Mil y Una Noches. También acapara su ascendencia familiar, integrada a la vez por la nobleza criolla y  el crisol europeo, de proveniencia semita, de antepasados ingleses y de gloriosos vikingos escandinavos.
Lo que más importa para comprender su estrategia literaria multicultural es que se trata de una  escritura  en castellano y está, (espacio-temporalmente) localizada en Buenos Aires. Hay un lugar especial “elegido” por Borges para mostrar su literatura: se trata de la ciudad de Buenos Aires, en los arrabales de principios de siglo XX, en un estado –Argentina-  receptor de la culturas extranjeras.
El  ejercicio de admitir que la literatura de Jorge Luis Borges puede comprenderse como si se moviera entre dos extremos teóricos favorables a la aceptación del multiculturalismo literario.  Uno de ellos es el giro lingüístico, otro es el pensamiento lacaniano,  una estrategia  estética, una identidad  multiculturalista, consistente en basar la literatura  en acontecimientos asentados en episodios de la literatura universal, llevados al campo de analogías posibles con situaciones brutales y liminares (en el presente caso, el suburbio de Buenos Aires). 
El  "giro lingüístico" edifica  el replanteamiento de la relación de representación del lenguaje, encontrando al fin que todos los problemas supuestamente reales se resuelven únicamente a través de la consideración de cuestiones de lenguaje, o de la percatación de que no se dejan plantear claramente fuera de sus implicancias lingüísticas. Ha  forjado la generalizada adopción (por parte de pensadores que aunque difieren mucho en otros aspectos) de un  modelo filosófico que enfatiza la intersubjetividad lingüística como “real”, en cuyo contexto teórico "se produce una ampliación del lógos semanticós, reducido anteriormente a la función representativa de las proposiciones” (De Zan, 2002). Mientras tanto, el pensamiento psicoanalítico lacaniano (como herramienta crítica y no clínica) está estructurado a partir de que lo inconciente se manifiesta como  lenguaje independiente de nuestras propias intenciones. Nuestros valores éticos y nuestros deseos se expresan a través de un lenguaje que tiene las aptitudes de la literatura, o más aún, de que cada vida es una literatura que debe aprenderse a leer si uno quiere conocerse o quererse mejor (Zizek, 2008, 12-13).
La literatura borgeana tiene gestos favorables al lenguaje y en especial a la acción de leer como hermenéutica o puesta en diálogo entre matices de culturas diferentes, tanto o más que a la producción literaria. Detrás de la literatura no hay un fondo real sino un fondo simbólico-cultural que precede y permite la lectura, del que no se puede salir y del que partimos para apreciar la belleza. El pretexto o trauma de la hermenéutica borgeana radica en la estrategia de alimentar el multiculturalismo en la literatura a partir de liminaridades simbólicas de sus lecturas vastas, puestas en el vacío arrabal porteño, de modo que la dificultad no fuera cómo soportar la difícil situación de haberse criado como un niño prodigio, rodeado de libros, tal el caso de Borges, en un arrabal de Buenos Aires, a pocos metros de malevos y cocoliches pobremente educados. 
La literatura borgeana no es algo que desde afuera –desde la calle-  irrumpe dislocando coordenadas simbólicas. Sucede que el conflicto de estar en un limite entre el arrabal pendenciero y la literatura universal, hace surgir un trauma,  la necesidad de una cultura universal, para ayudar a convivir con el impasse simbólico.
Borges define el disfrute de la lectura como “estética de Berkeley”. En el “Prólogo” al volumen que recoge su Obra poética,  indica que esos breves párrafos iniciales podrían titularse “la estética de Berkeley”. El sabor de la manzana está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma; la poesía está en el comercio del poema con el lector. Si no fuera por ese convencimiento apasionado, en las tan pocas líneas anteriores resultaría arduo transmitir con aserto un principio filosófico, lo real como lo que es percibido (esse est percipi) que formularíamos ampliamente si lo intentáramos desde argumentaciones provenientes desde la fenomenología estética, o desde la poética de la recepción. En la literatura  es pensable una correlación filosófica entre la "intuición intelectual" de Schopenhauer, donde  el intelecto emancipado de la voluntad y convertido en conocimiento puro e inocente, nos sitúa ante la  intuición estética (Thomas Mann, 1984). Es  imposible percibir la existencia de alguna cosa sin la reinante sensación de ella, de igual modo es insostenible concebir en el pensamiento un ser u objeto distinto de la sensación o percepción del mismo.
La estética, como acabamos de ver, debe su racionalidad a la filosofía de Berkeley, pero la existencia de Dios se explica desde la literatura puesto que no podriamos disfrutar de la fantasia de la lectura si no hubiera alguien que asegurara la posibilidad de disfrute que el lenguaje guarda.  Borges ha reiterado múltiples veces la cercanía entre sueño y realidad, o la propia confusión entre ambos, lo que llevaría a la incerteza de la existencia de dios como garantía de esa separación. La existencia de Dios no es para Borges una cuestión deductiva sino que se desprende de la literatura como lectura de los secretos que velan los libros. De lo contrario –sin un Dios- la literatura puede engañarnos, o podemos tener confusión entre verdad y ficción como culturas lingüísticas liminares entre sí hasta perder la capacidad de distinción entre una y otra.
La  biblioteca como escudo de lo real, o la aspiración a la literatura universal se confunde con la imposibilidad de escribir algo que no haya sido escrito. Se hace más insoportable imaginar un “mundo infinito con infinitos límites” – la verja, el arrabal, el tiempo,  -, que un mundo infinito sin límites. Si no se sabe si ya está todo escrito, si lo que está por escribirse es algo que no se ha leído, es preferible internarse en lo más complicado, aceptando que su mundo fuera de ese modo: infinito, aunque liminar. Un mundo liminar remite a explicar esa suposición no  convincente. Este  tipo de naturaleza es caótica porque tiene un límite y no porque carezca de él. La busca del catálogo de los catálogos, o la aceptación de la imposibilidad de ser un infinito lector  es un objetivo que  Borges traza cuando relata el viaje incompleto por la biblioteca.

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.  
(Borges, 1972)

En el poema “Límites” aparece lo que resulta imposible, un infinito limitado. Cómo leer todos los libros y, con eso, llegar al final de toda la escritura. Ya no hay ni qué escribir ni qué leer. Una liminaridad, una terrorífica sensación de lo limitado atraviesa esa infinita angustia como si fuera una paradoja. Que todo haya sido escrito y que no exista el tiempo suficiente para leerlo todo o “la certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma” (Borges, 1944).
Acaso, para concluir, no sea lo infinito lo que nos conmueve, nos aterra, nos asusta, sino lo limitado y contingente, nuestras propias limitaciones que nos llevan a ser incredulos e incompletos, meramente idealistas.
Como Borges, tememos no poder alcanzar nuestros apetitos desde las características de liminaridad enunciadas. Todo estaría a nuestro alcance si así no fuera.


Un  agregado que explica en algo la paradoja estaría en pensar que la biblioteca fuese finita pero laberíntica. Aunque todo se haya escrito, habrá un texto, imposible de leer en una imprecisa biblioteca que se torna laberíntica, imposible de superar.
Del mismo modo  puede sospecharse de la literatura como una literatura hecha con otras literaturas, de lo que se sigue que toda literatura ya ha sido imaginada. Es preciso encontrar un tema, un nuevo nativo para una antropología, que solucione el misterio infinito de  las literaturas. Un pequeño espacio entre una cultura urbana y la cultura rural.  Suerte de borde literario, región de yuxtaposiciones entre el orillero y el inmigrante, una literatura  escrita cuando los orilleros y compadritos aun no aflojan su reciedumbre y se mantienen con desconfianza ante los distritos populares de la ciudad (Beatriz Sarlo, 2007, 35-45)




[1] Aldo Enrici reside en Río Gallegos, Argentina. Es  doctor en filosofía, profesor titular de estética en la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UNPA), investigador categoría I, evacuador de Conicet, director de la Maestría en Metodología y estrategias de Investigación interdisciplinar, UNPA.

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